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El desafío de recomponer la unidad popular ante la fragmentación en las elecciones subnacionales

Bayardo Martínez: “La tarea es recomponer, reunificar y proyectar. Solo así se podrá evitar que la dispersión derive en una crisis estructural y se podrá devolver credibilidad al sistema político”.

Las elecciones subnacionales de este año han dejado una imagen inédita con más de 34.000 candidaturas a nivel nacional.

La magnitud de la dispersión sorprende y genera escenarios preocupantes para la gobernabilidad. El sociólogo Tupaj García lo describe así: “Estamos en el punto más profundo de la ingobernabilidad. La fragmentación del campo político ha cuajado en candidatos que ganaron o pasaron a segunda vuelta, pero sin capacidad de articular un proyecto nacional”.

La comparación con Perú aparece como advertencia. García señala que Bolivia podría seguir un camino similar de crisis estructural que se registra en el vecinos país. “Un escenario con más de 25 candidatos a presidente, como ocurre allá, es el espejo de lo que puede pasar si no logramos recomponer bloques sólidos”.

El antecedente histórico del MAS como partido hegemónico

Durante muchos procesos electorales, el Movimiento al Socialismo (MAS) fue el eje ordenador de la política boliviana. Desde su llegada al poder en 2006 con Evo Morales, articuló un proyecto nacional que combinaba representación indígena, campesina y sindical con una visión de redistribución de la riqueza. Su hegemonía se expresó en victorias electorales consecutivas y en la capacidad de coordinar la gestión nacional con las gobernaciones y alcaldías, generando un tejido político que dio estabilidad al país.

El MAS fue, en palabras de García, “un tejido popular que venía de abajo y fue capaz de construir 20 años de una visión de comprender el mundo de forma más igualitaria y de redistribuir la riqueza, de hacer el discurso en hecho concreto y el hecho concreto en discurso”. Esa capacidad de convertir demandas sociales en políticas públicas concretas es lo que marcó el escenario político.

El politólogo Bayardo Martínez explica que la izquierda ha quedado atrapada en una dinámica marcada por decisiones tardías y falta de estrategia, lo que ha atomizado la militancia y debilitado su capacidad de incidencia.

El oficialismo debilitado

Los resultados confirman que el oficialismo atraviesa un momento de desgaste prematuro. Pese a haber ganado con el 55% en segunda vuelta, el gobierno nacional no logró consolidar ninguna gobernación y apenas una alcaldía estratégica en Trinidad. “El gobierno es un collage de facciones que gobierna para sí mismo y para quien lo financia, sin proyecto de país ni plan de gestión”, sostiene García.

Este debilitamiento muestra que la ausencia de un partido hegemónico no solo afecta al bloque popular, sino también a la capacidad del Estado de proyectar políticas coherentes. “El Estado intenta hacer una cosa, la hace mal, se escuda, no hay responsabilidades. No hay ni visión de país ni plan de gobierno”, agrega.

¿Pluralismo democrático o ingobernabilidad crónica?

La dispersión de candidaturas abre un debate crucial. ¿Estamos ante un pluralismo democrático saludable o frente a una ingobernabilidad crónica?

García sostiene: “No es pluralismo, es ingobernabilidad. El futuro dependerá de si los nuevos gobernadores y alcaldes cumplen con lo prometido o si se dedican a la corrupción. Si fracasan, la crisis será estructural”.

Martínez, en cambio, ve una oportunidad: “La izquierda necesita reorganizarse desde Cochabamba, Oruro y Potosí, donde todavía se vota por lo popular. Es ahí donde puede nacer un nuevo proyecto hegemónico de cara al 2030”.

El camino de la rearticulación

Ambos entrevistados coinciden en que la fragmentación no es irreversible. García recuerda la experiencia histórica de Tupac Katari y Tomás Katari, quienes recorrieron comunidades durante años para escuchar y tejer demandas antes de levantar un proyecto político. “Eso es lo que nos falta hoy. Escuchar, dialogar, entender. No imponer candidatos desde arriba, sino construir desde abajo”, afirma.

Para Martínez, la salida pasa por un proceso de recomposición que no puede ser improvisado. Señala que la izquierda debe volver a las bases sociales, recuperar el vínculo con comunidades, sindicatos y gremiales que históricamente sostuvieron el bloque popular. Al mismo tiempo, urge reunificar orgánicamente a las distintas fracciones de la izquierda, superando las disputas internas.

Finalmente, plantea la necesidad de definir un proyecto político claro, capaz de articular lo nacional con lo departamental y municipal, y que ofrezca una visión de país más allá de coyunturas inmediatas. “Sin esa unidad, la izquierda corre el riesgo de diluirse en múltiples candidaturas sin capacidad de incidencia real”, advierte.

Tras las elecciones subnacionales, la izquierda enfrenta un dilema histórico. Transforma la dispersión en un nuevo bloque hegemónico o se resigna a la ingobernabilidad crónica.

La pregunta es si Cochabamba, podrá ser el germen de una nueva rearticulación o si el país seguirá el camino de la fragmentación sin retorno.